Expediente N.º 001 · Santiago del Estero
La chancha de la Ruta 34
- Número
- 001
- Fecha
- Lugar
- Ruta Nacional 34, de regreso de un baile en Añatuya
- Provincia
- Santiago del Estero
- Año
- 1987
- Leyenda
- La mujer chancha
- Estado
- Cerrado
1987, Ruta 34, Santiago del Estero: cuatro muchachos atropellan una chancha y la suben al baúl. Historia de terror argentina basada en la leyenda de la mujer chancha.
Mirá el videoLos camioneros que cruzan Santiago del Estero de noche tienen una regla que se pasan de boca en boca, de cabina en cabina, de parador en parador: si algo se te cruza en la Ruta 34 después de que se pone el sol, no frenes. Y si frenaste, nunca, por ningún motivo, lo subas al auto.
Nadie te explica por qué. Te lo dicen mirándote fijo, con el mate quieto en la mano, y enseguida cambian de tema. Esta es la historia que, según cuentan, dio origen a esa regla.
Un baile en Añatuya
Era 1987. Un viernes de luna llena. Cuatro muchachos volvían de un baile en Añatuya, todavía con olor a cerveza y a humo de la pista, la música sonándoles en la cabeza y las ventanillas bajas para que el aire del monte los despabilara. Manejaba el Negro, el más grande del grupo, el que siempre tenía la última palabra. Los otros tres iban medio dormidos, contando chistes que ya no hacían reír a nadie.
La ruta estaba vacía. Ni un camión, ni un sulky, ni una luz en el horizonte. Solo el asfalto recto, los quebrachos a los costados y esa luna enorme que iluminaba el campo como si fuera de día.
Y entonces, de golpe, algo cruzó.
No lo vieron venir. Fue una sombra baja que salió del costado de la ruta, justo delante de los faros. Un golpe seco contra el paragolpes. El auto dio un tirón. Alguien gritó.
La chancha negra
Frenaron unos metros más adelante y se bajaron con la linterna. En el medio de la ruta, sobre el asfalto todavía tibio, había una chancha. Grande, negra, más grande que cualquier chancha que hubieran visto en las chacras de la zona. Tenía el lomo cubierto de tierra y respiraba despacio, con un ronquido húmedo que llenaba todo el silencio del monte.
Todavía estaba viva.
Los cuatro se quedaron mirándola un rato largo. Uno propuso dejarla ahí. Otro dijo que seguro tenía dueño, que había que avisar a alguien. El Negro se rió.
—No la vamos a dejar acá —dijo—. Hay carne para un mes.
Nadie se animó a contradecirlo. Entre los cuatro la levantaron como pudieron, resoplando, y la metieron en el baúl. Pesaba más de lo que parecía. Cerraron la tapa y volvieron a subir al auto sin decir una palabra.
Los golpes en el baúl
Diez kilómetros después empezaron los golpes.
Venían de atrás. Desde adentro del baúl. Al principio eran despacio, espaciados, como si el animal se estuviera acomodando. Después se volvieron más fuertes, más seguidos, con un ritmo que no tenía nada de animal. Golpes de puño. Los golpes de alguien que pide que le abran.
Nadie paró. El Negro apretó el volante con las dos manos y siguió manejando. Los otros tres miraban para adelante, sin atreverse a darse vuelta, mientras los golpes seguían y seguían, cada vez más desesperados.
Y a lo lejos, en la oscuridad de la ruta, aparecieron unas luces azules. Balizas. Un control policial.
«Abran el baúl»
El policía se acercó con la linterna, iluminó las caras de los cuatro y se quedó mirándolos. Estaban pálidos, transpirados, con los ojos muy abiertos. Ninguno podía sostenerle la mirada.
—Abran el baúl.
Los golpes habían parado. El Negro bajó del auto, caminó hasta atrás y levantó la tapa.
No había ninguna chancha.
Adentro del baúl había una mujer. Muerta. Tenía puesto el vestido del baile, todavía brillante bajo la luz de la linterna. Y en las costillas, una marca inconfundible: la marca del paragolpes.
Los cuatro juraron que habían subido un animal. Lo juraron esa noche en la comisaría, lo juraron frente al juez y lo siguieron jurando durante años. Nadie les creyó. Para la policía y para el pueblo, la historia era simple: cuatro muchachos atropellaron a una mujer a la salida de un baile y quisieron esconder el cuerpo.
El psiquiátrico de Santiago
Tres de ellos siguen presos. El Negro no.
El Negro murió en un hospital psiquiátrico de Santiago del Estero. Dicen que nunca volvió a hablar de esa noche, que pasaba las horas sentado en la cama mirando la pared, y que no soportaba escuchar el motor de un auto.
Los enfermeros de ese pabellón todavía lo recuerdan. Cuentan que, en sus últimos días, de esa habitación no salían gritos. Salía otra cosa. Un sonido que ningún hombre debería poder hacer.
Salían los chillidos de un chancho.
Por eso, si alguna vez manejás de noche por la Ruta 34 y algo se te cruza delante de los faros, hacé caso a los camioneros. No frenes. Y nunca, nunca, lo subas al auto.
Expediente N.º 001 en video
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La historia completa, narrada y con todas las viñetas, está en nuestro reel. Si te dio miedo, mandásela a alguien que viaje de noche.
Basado en una leyenda real
La leyenda: La mujer chancha
En el monte santiagueño se cuenta que algunas mujeres, iniciadas en la brujería de la Salamanca, salen de noche transformadas en chanchas negras. Atacan a los viajeros, cruzan los caminos y, si alguien las lastima, a la mañana siguiente aparecen en su forma humana con la misma herida. Por eso la regla de oro es no tocar al animal ni llevárselo a casa.
Origen: Santiago del Estero y el monte del NOA; raíz en las creencias sobre la Salamanca y la brujería de transformación de origen hispano-indígena.
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